El joven José, pastoreaba ovejas en Canaán,
Nuestro Dios le enalteció, su raíz no olvidó.
Con humildad siempre sirvió a los demás,
En esclavitud estuvo, en la cárcel también,
Su esperanza no fue presa,
Con su gozo siempre anduvo por doquier.
Cuando llego el tiempo, en que Dios obrara,
Sus cadenas fueron sueltas, Jehová le escuchó.
Le elevo en lo más alto, todo el pueblo gobernó,
El gran Dios cambió su estado, por vestidos finísimos,
Y con su propio anillo, el faraón lo adornó.
¡Que grandioso nuestro Dios! A José le coronó.
El príncipe José, rodeado de manjares
Y sirvientes mil, no perdió la humildad,
Él sabía que su sapiencia, Dios le daba.
Él sirvió al faraón con delicadeza,
Y a su pueblo por honor, sin importar su grandeza.
Aun teniendo poderío a sus hermanos quiso ver,
Con humildad de amor sincero, se les reveló,
Y en el cuello de su padre largamente lloró…
José los consoló y les habló al corazón.
¡Qué amor sublime, a todos perdonó!
¡Qué fidelidad, amor de Dios mostró!
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